La otoplastia es la cirugía que corrige la posición, el tamaño o la forma de las orejas, sobre todo las orejas prominentes, conocidas como orejas de soplillo. Se realiza habitualmente con anestesia local y sedación, y la cicatriz queda oculta en el pliegue posterior de la oreja.
Existen diferentes procedimientos quirúrgicos para conseguir modificar y corregir los defectos o malformaciones de las orejas. Son diferentes intervenciones quirúrgicas de otoplastia que consiguen cambiar la forma y tamaño de las orejas.
Especialmente indicado en niños. La otoplastia es una operación sencilla, especialmente indicada en niños con malformaciones en las orejas u orejas de soplillo, y que puede ser realiza tan pronto como sea posible (antes de ir al colegio), de forma sencilla, natural y de resultado estable.
Otoplastia testimonio 8 días al sacar los puntos
La oreja prominente no es una enfermedad ni afecta a la audición. Es una variante anatómica frecuente que, en muchas personas, no genera ninguna incomodidad. El motivo por el que se opera es distinto: se opera cuando esa forma condiciona la manera en que alguien se relaciona con su propia imagen, no porque exista un problema funcional que resolver.
Detrás de lo que se percibe como una oreja despegada suele haber dos causas anatómicas, y muchas veces coinciden. La primera es que el pliegue del antihélix, el relieve interno de la oreja, no se ha formado del todo, de modo que el borde no se dobla hacia dentro. La segunda es que la concha, la cavidad central, tiene un tamaño excesivo y empuja toda la oreja hacia fuera.
Identificar cuál de las dos predomina es lo que determina la técnica. Corregir solo el pliegue en una oreja cuyo problema es una concha grande deja un resultado incompleto, y es una causa frecuente de que una otoplastia previa no haya satisfecho al paciente.
Además de la oreja prominente, se corrigen asimetrías entre ambos lados, lóbulos alargados o desgarrados por el uso prolongado de pendientes, y algunas malformaciones del borde superior. Cada una tiene un abordaje propio y no todas se resuelven en el mismo acto.
La oreja alcanza prácticamente su tamaño definitivo hacia los seis o siete años, de manera que a partir de esa edad la cirugía es técnicamente posible. En la práctica, la edad no es el único criterio.
En un niño, la indicación tiene sentido cuando es él quien manifiesta que le molesta, no cuando la preocupación es exclusivamente de los padres. Un menor que no percibe el problema y que además debe colaborar en un postoperatorio de varias semanas es una mala indicación, por muy correcta que sea la técnica. Esperar no compromete el resultado.
En el adulto no hay límite superior de edad. El cartílago es algo menos flexible con los años, lo que puede modificar la técnica empleada, pero no impide la corrección.
En el adulto se realiza habitualmente con anestesia local y sedación, en régimen ambulatorio: el paciente entra y sale el mismo día. En niños pequeños suele preferirse la anestesia general, por la duración del procedimiento y por la necesidad de inmovilidad.
El acceso se hace por la cara posterior de la oreja, en el surco que la separa de la cabeza, de modo que la cicatriz queda en una zona no visible. A partir de ahí se actúa sobre las causas identificadas en la exploración: se remodela el cartílago para crear o reforzar el pliegue del antihélix y, cuando la concha es grande, se reduce o se reposiciona para acercar la oreja a la cabeza.
El objetivo no es pegar la oreja al máximo. Una oreja excesivamente aproximada, sin relieve o con un borde superior más pegado que el lóbulo, resulta tan llamativa como la original. Lo que se busca es restituir una proporción y unos relieves naturales, con ambos lados en equilibrio pero sin exigir una simetría perfecta, que no existe en ninguna oreja no operada.
Los primeros días se lleva un vendaje que envuelve la cabeza y protege la zona. Es molesto, pero es el periodo en el que el cartílago mantiene la posición nueva mientras cicatriza. Puede haber sensación de tirantez y una sensibilidad aumentada en la oreja.
Retirado el vendaje, se pasa a una banda elástica que se utiliza de forma continua durante un tiempo y después solo para dormir, durante varias semanas. Esta parte es la que más se descuida y la que más influye en el resultado: dormir de lado sin protección en las primeras semanas puede desplazar la corrección.
La vuelta a la actividad habitual es rápida, en cuestión de días para el trabajo de oficina o el colegio. El deporte de contacto se retrasa varias semanas. La inflamación cede de forma progresiva y el aspecto final se aprecia cuando el tejido se ha estabilizado, no al retirar el vendaje.
Es una cirugía bien tolerada, pero no está libre de riesgos y conviene conocerlos antes de decidir: hematoma, infección del cartílago, alteración de la sensibilidad de la oreja, cicatrices que engrosan, asimetrías residuales y recidiva parcial, es decir, que la oreja tienda a recuperar en parte su posición previa. En algunos casos puede ser necesario un retoque.
La cicatriz posterior, aunque quede oculta, existe. En personas con tendencia a cicatrices queloides el riesgo es mayor y debe valorarse específicamente antes de plantear la intervención.
Hay situaciones en las que la respuesta razonable es no intervenir. Cuando el motivo de consulta no procede de la persona operada sino de su entorno. Cuando la expectativa es que la cirugía resuelva una dificultad de relación que va más allá de la forma de la oreja. Cuando no existe disposición a cumplir el postoperatorio, porque el resultado depende directamente de ello. Y cuando la prominencia es tan leve que el cambio no compensa el riesgo de una cirugía.
Explicar estos límites forma parte de la valoración. Una otoplastia bien indicada mejora mucho la percepción que alguien tiene de su rostro, pero eso solo ocurre cuando la indicación es correcta desde el principio.
La incisión se sitúa en la cara posterior de la oreja, en el surco que la separa de la cabeza, de modo que no queda a la vista. Con el tiempo suele resultar poco perceptible, aunque la evolución de la cicatrización varía con cada persona y en pieles con tendencia a queloides requiere una valoración específica.
La oreja alcanza casi su tamaño definitivo hacia los seis o siete años, así que a partir de ahí es posible. Lo determinante no es solo la edad, sino que el niño lo perciba como un problema propio y pueda colaborar con el postoperatorio. Esperar no perjudica el resultado.
Durante la intervención no hay dolor, ya que se realiza con anestesia. En los días siguientes lo habitual es una sensación de presión y tirantez por el vendaje, más molesta que dolorosa, que se controla con la analgesia pautada. El dolor intenso no es esperable y debe consultarse.
La reincorporación a una actividad no física suele producirse en pocos días, una vez retirado el vendaje inicial. El deporte de contacto se retrasa varias semanas para evitar traumatismos sobre una zona todavía en cicatrización. La banda elástica nocturna se mantiene más tiempo.
Existe la posibilidad de una recidiva parcial, sobre todo si no se cumple el uso de la banda durante las semanas indicadas. Por eso el postoperatorio no es un trámite: es la fase en la que el cartílago consolida la posición nueva. Cumplirlo reduce de forma importante ese riesgo.
No necesariamente. Cuando solo una es prominente puede intervenirse ese lado, buscando el equilibrio con la contraria. En algunos casos se actúa mínimamente sobre la oreja no prominente para armonizar ambas. Se decide en la valoración, tras explorar los dos lados.